Lo cierto es que trasladaba con ella cierta aureola mágica,cierto encanto en sus acciones toda vez que Cloe de Croix-suegra entrañable y queridísima de Herbert-ora aquí...ora allá se deslizaba por el salón principal toda vez que prietas sus carnes en su vestido de noche.De este modo y mentiría si dijera que no lo esperaba escuchó:
-¡Holaaaa....Holaaaa...!-de tal suerte que desde el extremo del jardín podía verse la figura del capitán enarcando sus manitas a modo de bocinita.
-¡Lucho!;¡Lucho querido...!.¿podrías abrir tu...?.-le indicó al mayordomo.Siendo así que una vez se introdujera en la casa el capitán y por fin se miraran a los ojos la sra de Croix exclamó:
-Oh;pero...(capitán;oh mi capitán...).¡que fabuloso está usted!.Ahhh...¡se diría que no pasan los años...-susurró arrobada.
-Pero...¿querría usted ayudarnos?.¿sería tan amable?.¿si?.¡vamos!.¡suba!.¡suba conmigo!.Estamos dándole
un nuevo aire al piso superior y nos vendría muy bien su concurso.Por cierto.¿ ha traído con usted un carpintero...?.¿no?.Jo,jo,jo,jo...es igual.trataremos de pasarnos sin el.Entonces una de las puertas gimió
toda vez que se cerraba, momento en el cual el capitán exclamó:
-Si me permite Sra de Croix.
-Capitán....oh,mi capitán...¡está usted tan elegante...!.¡He soñado que viajábamos perdidos en la nave...!.
-¡Mamá por favor...!-exclamó su hija Nancy.